A solas con mi predisposición a lo arriesgado,
mirando desde arriba con el vértigo insensato. Pero el vértigo es inútil, igual
que dibujar con los dedos en el vaho, en el cristal del tren que no lleva a
ningún lado. El miedo es el escudo hermético para no dar ciertos pasos.
De todo ello me deshago. En el precipicio, con los
pies colgando, prefiero el humo que a ti a mi lado. Al menos él no se esconde
al salir de mis labios. Que se esfume es lo de menos. Será porque está harto
(raro sería no estarlo).
El borde y sus vistas me ganaron cada día, y aunque
no sea cosa de sabios, me quedo al filo de la suerte y los daños.
No hay comentarios:
Publicar un comentario