Ni falta que hace. Prefiero observarlos como mi
propia obra de arte. Mi paisaje en caos, la armonía de la nada. Por los que
apuro las caladas, y no es que tenga prisa. Normalmente digo: si quieres me
quedo, pero solo de pasada.
Casi ya no noto el tiempo, ni miro mi muñeca en
ascensores llenos de silencio. Y si tengo que medirlo no quiero agujas al
unísono.
Los cristales rotos suenan más intenso.
Mis pedazos cantan a coro, y no lo hacen solos.
Créeme, toda ausencia deja una gran música de fondo.
Engaño a los minutos, aunque parezca tarea de locos.
Me entusiasma el instante, fugaz y arrasante.
Alguien se llevó el
reloj de mi salón, y su sonido delirante. En su homenaje quemé el calendario,
haciendo pagar al tiempo por farsante.
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