lunes, 29 de diciembre de 2014

Alguien se llevó el reloj de mi salón. Me descentro entre los segundos que, siendo honestos, hace tiempo que no cuento.  Pero hay algo que sigo contando: ese tic-tac por dentro. Mis piezas de puzzle desunidas, los trozos que de ningún todo forman parte. Chocan con ritmo y no hay forma de que encajen.

Ni falta que hace. Prefiero observarlos como mi propia obra de arte. Mi paisaje en caos, la armonía de la nada. Por los que apuro las caladas, y no es que tenga prisa. Normalmente digo: si quieres me quedo, pero solo de pasada.

Casi ya no noto el tiempo, ni miro mi muñeca en ascensores llenos de silencio. Y si tengo que medirlo no quiero agujas al unísono.

Los cristales rotos suenan más intenso.

Mis pedazos cantan a coro, y no lo hacen solos. Créeme, toda ausencia deja una gran música de fondo.

Engaño a los minutos, aunque parezca tarea de locos. Me entusiasma el instante, fugaz y arrasante.
Alguien se llevó el reloj de mi salón, y su sonido delirante. En su homenaje quemé el calendario, haciendo pagar al tiempo por farsante.

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