lunes, 29 de diciembre de 2014

El invierno siempre fue época de esperar en estaciones. Pero esta vez estaba durando demasiado. Quiero decir que ya no había maletas por llenar. Creo que las perdí justo antes de irme con lo puesto, o quizás las escondí y decidí olvidar dónde. El caso es que estaba dando rodeos en un círculo de esperas heladas, por lo que tuve mucho tiempo para pensar. Tras unas cuantas conclusiones creí entender, no todo, pero sí bastante e incluso predecía qué tipo de abrazos se daban los extraños. Solía clasificarlos, y he de decir que los sinceros escaseaban en los andenes. Demasiado.
Para mi sorpresa también era invierno en el lugar del que venía. Entonces supe lo abrigado que había estado y lo poco que entendía. Mi vida había sido un semáforo en ámbar. Yo que creía que con unas buenas zapatillas y una sonrisa libre de miedos se podía llegar a todas partes. Pero no, había dedicado demasiado tiempo a arreglar juguetes estropeados y a llenar inviernos ajenos y desolados, dando por sentado el frío en mi vida y con esa sensación de estar en continua intermitencia. Siempre tuve cierta debilidad por lo que está roto. Y nunca pensé que yo necesitase arreglo, pero lo cierto es que tampoco me lo ofrecieron, quiero decir de verdad. Sé que sigo sin entender, pero no puedo evitarlo: en cada estación espero a alguien que me saque de este invierno y me voy pensando que llegará, pero tarde, cuando yo ya me he marchado, una vez más, sin ser rescatado.

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