Nunca entendí lo que era pertenecer a un lugar. Siempre por ahí, siempre en ningún sitio. Me aburría oír hablar de patriotismo, me interesaba más cualquier tren en marcha, su tranquilidad. El hogar de los trayectos, porque, al fin y al cabo, ¿qué era la vida misma sino un viaje?
“No olvides de dónde vienes para saber a dónde vas”,
me habían dicho. Y era cierto. Había comprobado que la gente desarraigada no me
transmitía más que lástima y banalidad. Mis raíces estaban presentes, pero no
atadas.
El origen es una guía personal, el mejor amigo y el
que más hay que cuidar. Eso no se me olvidaba en ningún punto del mapa.
Pero lo mejor de los viajes es poder elegir el
destino. Entre medias, un montón de vías o carreteras. Entre medias, sin
embargo, yo no estaba inquieta. No pensaba mucho en la meta, sino en la magia
del camino. Mis mejores ideas surgían a menudo haciendo kilómetros.
Ante las dudas, siempre me parecía acertado
recordar: sólo estás de paso.
Y ya no me extrañaba cuando en un vagón me sentía
como en casa.
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