En la gran ciudad también llovía, y el estrés se contagiaba acompañado de
contaminación.
Igual que ocurre con personas y recuerdos, lleva tiempo reconocer además de
las virtudes, los defectos.
Como ese gran año que esperamos tener, ese que tuvimos y se fue, el que no
volverá por mucho que lo invoquemos. El tiempo que no conoció de medias
sonrisas ni de elecciones decisivas.
Y al recordarlo pensé: Aquí seguimos, saboreando la miel del presente,
peleando con las prisas sin saber por qué, o sabiendo que no es posible un
retorno. Pero seguimos, porque lo fácil sería no hacerlo.
Solía comprender mejor las penas si estaban disfrazadas de calles. Pero
aquel día empezó a llover en el centro, y yo dejé de entenderlo todo.
Y efectivamente, el sol no siempre brillaba en la capital, ni mis lágrimas
resbalaban siempre en tu inicial. Las gotas caídas se parecían a los días
pasados, y mi presente era solo la forma de arrastrarlo, o de saber llevarlo.
Era la misma ciudad, más vieja que ayer, aunque siempre aguantaba. Pero
no tenía la misma pinta cuando estaba empapada, era agria y dulce, como la
lucha del recuerdo presente, o como el deseo de que el ayer forme parte del
mañana.
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