martes, 3 de junio de 2014

En la gran ciudad también llovía, y el estrés se contagiaba acompañado de contaminación.
Igual que ocurre con personas y recuerdos, lleva tiempo reconocer además de las virtudes, los defectos.
Como ese gran año que esperamos tener, ese que tuvimos y se fue, el que no volverá por mucho que lo invoquemos. El tiempo que no conoció de medias sonrisas ni de elecciones decisivas.

Y al recordarlo pensé: Aquí seguimos, saboreando la miel del presente, peleando con las prisas sin saber por qué, o sabiendo que no es posible un retorno. Pero seguimos, porque lo fácil sería no hacerlo.

Solía comprender mejor las penas si estaban disfrazadas de calles. Pero aquel día empezó a llover en el centro, y yo dejé de entenderlo todo.
Y efectivamente, el sol no siempre brillaba en la capital, ni mis lágrimas resbalaban siempre en tu inicial. Las gotas caídas se parecían a los días pasados, y mi presente era solo la forma de arrastrarlo, o de saber llevarlo.

Era la misma ciudad, más vieja que ayer, aunque siempre aguantaba. Pero no tenía la misma pinta cuando estaba empapada, era agria y dulce, como la lucha del recuerdo presente, o como el deseo de que el ayer forme parte del mañana.

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