Sabía que esperar no era sano, y que de las sorpresas del camino era mejor
desconfiar.
Me habían enseñado que eso de "no hay mal que por bien no venga"
no siempre era cierto, porque a veces solo aguarda otro huracán.
Y cuando te esperaba era consciente.
Era como el que mira a otro lado para no ver un peligro inminente.
Pero luego mis ganas se volvieron contra mí y no tuve otra que mirarlas de
frente. Tú no podías seguir siendo mi meta, yo no podía conformarme con ser a
medias.
Y con resignación, abandoné sabiendo que nuestra oportunidad era solo esa.
Y después de ti me sigo lanzando a lo inesperado, pero con una diferencia: en
esto de querer, no quiero ni oír hablar de paciencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario