Hace muchos años, cuando todavía brillaba la juventud, alguien me dijo:
"cuando quieras algo solo tienes que cerrar los ojos y desearlo muy
fuerte. Y si el deseo es sincero, al abrirlos será tuyo."
Nunca me había parado a sopesarlo, pues nos cuentan tantos cuentos que
ignorarlos suele ser la mejor vía de escape.
Supongo que cuando quise algo realmente la idea de la que os hablo revivió
en mi subconsciente.
Y yo lo deseaba, juro que lo deseaba, te tenía más ganas que al fin de
semana, más ganas que a la tregua en la batalla.
Y probé, me convencí de que para verte claramente cerrar los ojos era el
principio, aunque confiar en ello fue como tirarse desde un precipicio.
Me tiré, el problema fue que empecé a ver a ciegas.
Y sin verte te vi, te toqué hasta cansarme, me reflejé en ti rozando tu corazón
a tientas.
Te tenía en mis manos, y eso era demasiado como para ser sano.
Y que cabrón el que le dijo eso a esta chica inocente, porque al despertar y
verme sin ti se distorsionó mi realidad, como confundiendo mentira y verdad, y
a estas alturas ya no sé si "tenerte" existe en algún tiempo verbal.
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