Me preguntaste si se podía querer algo sin querer, si el orden en
nuestras cabezas era posible, o si estábamos condenados a observar estas
batallas internas para siempre, como si fuéramos espectadores
indefensos ante una catástrofe.
En este tema siempre nos
entendíamos, hablábamos del caballo negro y el blanco, el que nos
arrastraba al peligro y el que nos daba seguridad, esos que se repelen
entre sí. Ambos dentro de cada uno, enfrentados en guerra constante.
Estaba
claro que en nosotros dominaba el caballo negro cada vez más, ese
"hazlo, no lo pienses, no hay miedos que valgan, solo hazlo", y eso a
menudo traía problemas.
En esta situación no era fácil mantener la
cordura, pues la bestia puede dormirse, pero no morir, y con ella no
siempre es sencillo convivir.
Yo te respondí que lo
mejor era aceptar que formaba parte de nosotros. Que solo éramos vicios y
virtudes, defectos y aptitudes y que, incluso en la situación más
extrema, siempre nos salvaría el halo de cordura tan propio del caballo
blanco.
Y aquí sigo, un tiempo después, encariñándome con el caballo negro, sucumbiendo si me llama, aunque luego lo maldiga.
Pero
cómo voy a odiarle, si él es mi intensidad, si cada poco me sorprende
de lo que soy capaz, si ya no concibo la vida sin sus impulsos
eléctricos.
Así que ahora, querido amigo, si me
volvieses a preguntar te diría lo siguiente: "no sé si querer es poder,
ni si seríamos más felices consiguiendo marginar al caballo negro, solo
sé que ya no quiero ni pensaré nunca más en deshacerme de él".

No hay comentarios:
Publicar un comentario