Con qué facilidad hablamos de independencia, como si alguien realmente la
tuviera o la quisiese.
No paramos hasta que alguien nos para los pies y podemos mirar a la cara a
nuestra dependencia representada en carne y hueso.
Y alegremente esperamos ese momento, y cuando llega incluso nos atrevemos a
llamarlo algo así como "felicidad". Y quien diga que no sabe de lo
que hablo miente.
Pero, siendo claros, somos hipócritas independientes que no quieren
pertenecer a sí mismos ni tampoco lo intentan.
Hipócritas que quieren ser queridos, ignorando que conceden el poder de que
otro ser (igual de dependiente) pueda quererles, sí, pero al mismo tiempo
destruirles con demasiada facilidad.
Como un absurdo trato de destrucciones mutuas, nos encanta dejar nuestra
suerte en otras manos.
Me río de la falsa independencia de la que hablamos mientras estamos alerta
por si aparece una adicción a la que podamos engancharnos, y si puede ser con
nombre y apellidos, mejor que mejor.
Pobres infelices, que consiguen lo que quieren al precio de que en
cualquier momento se lo puedan arrebatar.

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