En la gran ciudad también llovía, y el estrés se contagiaba acompañado de
contaminación.
Igual que ocurre con personas y recuerdos, lleva tiempo reconocer además de
las virtudes, los defectos.
Como ese gran año que esperamos tener, ese que tuvimos y se fue, el que no
volverá por mucho que lo invoquemos. El tiempo que no conoció de medias
sonrisas ni de elecciones decisivas.
Y al recordarlo pensé: Aquí seguimos, saboreando la miel del presente,
peleando con las prisas sin saber por qué, o sabiendo que no es posible un
retorno. Pero seguimos, porque lo fácil sería no hacerlo.
Solía comprender mejor las penas si estaban disfrazadas de calles. Pero
aquel día empezó a llover en el centro, y yo dejé de entenderlo todo.
Y efectivamente, el sol no siempre brillaba en la capital, ni mis lágrimas
resbalaban siempre en tu inicial. Las gotas caídas se parecían a los días
pasados, y mi presente era solo la forma de arrastrarlo, o de saber llevarlo.
Era la misma ciudad, más vieja que ayer, aunque siempre aguantaba. Pero
no tenía la misma pinta cuando estaba empapada, era agria y dulce, como la
lucha del recuerdo presente, o como el deseo de que el ayer forme parte del
mañana.
martes, 3 de junio de 2014
Renglones de despedida
He aquí las letras que al fin puedo pronunciar. Ya he cruzado la línea que separaba el presente del pasado. Te fuiste, no sé si mirando hacia atrás, no sé si sabiendo que era para siempre, pero ya no me preocupa. El caso es que al final te fuiste.
Solo espero que nunca más me recuerdes, y que lo que consideras tu otra mitad realmente te complete. Y no me malinterpretes, que no hay rencor en mis palabras.
Ahora sé que de mí no te llevas nada, aunque yo me lleve el agrio sabor de la despedida inexistente.
Me atrevo a decir que gané, pues no hay fuerza que no sea fruto de la experiencia. Y ojalá tú tambien ganes, porque en mi futuro no escucharé arrepentimientos cobardes.
Y créeme, que en este embrollo nunca he dicho nada siendo tan libre y sincera:
Hasta siempre, nunca tuya, ya no recordaré tu nombre ni en los días de sol y lluvia.
Solo espero que nunca más me recuerdes, y que lo que consideras tu otra mitad realmente te complete. Y no me malinterpretes, que no hay rencor en mis palabras.
Ahora sé que de mí no te llevas nada, aunque yo me lleve el agrio sabor de la despedida inexistente.
Me atrevo a decir que gané, pues no hay fuerza que no sea fruto de la experiencia. Y ojalá tú tambien ganes, porque en mi futuro no escucharé arrepentimientos cobardes.
Y créeme, que en este embrollo nunca he dicho nada siendo tan libre y sincera:
Hasta siempre, nunca tuya, ya no recordaré tu nombre ni en los días de sol y lluvia.
Hace muchos años, cuando todavía brillaba la juventud, alguien me dijo:
"cuando quieras algo solo tienes que cerrar los ojos y desearlo muy
fuerte. Y si el deseo es sincero, al abrirlos será tuyo."
Nunca me había parado a sopesarlo, pues nos cuentan tantos cuentos que ignorarlos suele ser la mejor vía de escape.
Supongo que cuando quise algo realmente la idea de la que os hablo revivió en mi subconsciente.
Y yo lo deseaba, juro que lo deseaba, te tenía más ganas que al fin de semana, más ganas que a la tregua en la batalla.
Y probé, me convencí de que para verte claramente cerrar los ojos era el principio, aunque confiar en ello fue como tirarse desde un precipicio.
Me tiré, el problema fue que empecé a ver a ciegas.
Y sin verte te vi, te toqué hasta cansarme, me reflejé en ti rozando tu corazón a tientas.
Te tenía en mis manos, y eso era demasiado como para ser sano.
Y que cabrón el que le dijo eso a esta chica inocente, porque al despertar y verme sin ti se distorsionó mi realidad, como confundiendo mentira y verdad, y a estas alturas ya no sé si "tenerte" existe en algún tiempo verbal.
Nunca me había parado a sopesarlo, pues nos cuentan tantos cuentos que ignorarlos suele ser la mejor vía de escape.
Supongo que cuando quise algo realmente la idea de la que os hablo revivió en mi subconsciente.
Y yo lo deseaba, juro que lo deseaba, te tenía más ganas que al fin de semana, más ganas que a la tregua en la batalla.
Y probé, me convencí de que para verte claramente cerrar los ojos era el principio, aunque confiar en ello fue como tirarse desde un precipicio.
Me tiré, el problema fue que empecé a ver a ciegas.
Y sin verte te vi, te toqué hasta cansarme, me reflejé en ti rozando tu corazón a tientas.
Te tenía en mis manos, y eso era demasiado como para ser sano.
Y que cabrón el que le dijo eso a esta chica inocente, porque al despertar y verme sin ti se distorsionó mi realidad, como confundiendo mentira y verdad, y a estas alturas ya no sé si "tenerte" existe en algún tiempo verbal.
Me preguntaste si se podía querer algo sin querer, si el orden en
nuestras cabezas era posible, o si estábamos condenados a observar estas
batallas internas para siempre, como si fuéramos espectadores
indefensos ante una catástrofe.
En este tema siempre nos entendíamos, hablábamos del caballo negro y el blanco, el que nos arrastraba al peligro y el que nos daba seguridad, esos que se repelen entre sí. Ambos dentro de cada uno, enfrentados en guerra constante.
Estaba claro que en nosotros dominaba el caballo negro cada vez más, ese "hazlo, no lo pienses, no hay miedos que valgan, solo hazlo", y eso a menudo traía problemas.
En esta situación no era fácil mantener la cordura, pues la bestia puede dormirse, pero no morir, y con ella no siempre es sencillo convivir.
Yo te respondí que lo mejor era aceptar que formaba parte de nosotros. Que solo éramos vicios y virtudes, defectos y aptitudes y que, incluso en la situación más extrema, siempre nos salvaría el halo de cordura tan propio del caballo blanco.
Y aquí sigo, un tiempo después, encariñándome con el caballo negro, sucumbiendo si me llama, aunque luego lo maldiga.
Pero cómo voy a odiarle, si él es mi intensidad, si cada poco me sorprende de lo que soy capaz, si ya no concibo la vida sin sus impulsos eléctricos.
Así que ahora, querido amigo, si me volvieses a preguntar te diría lo siguiente: "no sé si querer es poder, ni si seríamos más felices consiguiendo marginar al caballo negro, solo sé que ya no quiero ni pensaré nunca más en deshacerme de él".
En este tema siempre nos entendíamos, hablábamos del caballo negro y el blanco, el que nos arrastraba al peligro y el que nos daba seguridad, esos que se repelen entre sí. Ambos dentro de cada uno, enfrentados en guerra constante.
Estaba claro que en nosotros dominaba el caballo negro cada vez más, ese "hazlo, no lo pienses, no hay miedos que valgan, solo hazlo", y eso a menudo traía problemas.
En esta situación no era fácil mantener la cordura, pues la bestia puede dormirse, pero no morir, y con ella no siempre es sencillo convivir.
Yo te respondí que lo mejor era aceptar que formaba parte de nosotros. Que solo éramos vicios y virtudes, defectos y aptitudes y que, incluso en la situación más extrema, siempre nos salvaría el halo de cordura tan propio del caballo blanco.
Y aquí sigo, un tiempo después, encariñándome con el caballo negro, sucumbiendo si me llama, aunque luego lo maldiga.
Pero cómo voy a odiarle, si él es mi intensidad, si cada poco me sorprende de lo que soy capaz, si ya no concibo la vida sin sus impulsos eléctricos.
Así que ahora, querido amigo, si me volvieses a preguntar te diría lo siguiente: "no sé si querer es poder, ni si seríamos más felices consiguiendo marginar al caballo negro, solo sé que ya no quiero ni pensaré nunca más en deshacerme de él".
Con qué facilidad hablamos de independencia, como si alguien realmente la
tuviera o la quisiese.
No paramos hasta que alguien nos para los pies y podemos mirar a la cara a nuestra dependencia representada en carne y hueso.
Y alegremente esperamos ese momento, y cuando llega incluso nos atrevemos a llamarlo algo así como "felicidad". Y quien diga que no sabe de lo que hablo miente.
Pero, siendo claros, somos hipócritas independientes que no quieren pertenecer a sí mismos ni tampoco lo intentan.
Hipócritas que quieren ser queridos, ignorando que conceden el poder de que otro ser (igual de dependiente) pueda quererles, sí, pero al mismo tiempo destruirles con demasiada facilidad.
Como un absurdo trato de destrucciones mutuas, nos encanta dejar nuestra suerte en otras manos.
Me río de la falsa independencia de la que hablamos mientras estamos alerta por si aparece una adicción a la que podamos engancharnos, y si puede ser con nombre y apellidos, mejor que mejor.
Pobres infelices, que consiguen lo que quieren al precio de que en cualquier momento se lo puedan arrebatar.
No paramos hasta que alguien nos para los pies y podemos mirar a la cara a nuestra dependencia representada en carne y hueso.
Y alegremente esperamos ese momento, y cuando llega incluso nos atrevemos a llamarlo algo así como "felicidad". Y quien diga que no sabe de lo que hablo miente.
Pero, siendo claros, somos hipócritas independientes que no quieren pertenecer a sí mismos ni tampoco lo intentan.
Hipócritas que quieren ser queridos, ignorando que conceden el poder de que otro ser (igual de dependiente) pueda quererles, sí, pero al mismo tiempo destruirles con demasiada facilidad.
Como un absurdo trato de destrucciones mutuas, nos encanta dejar nuestra suerte en otras manos.
Me río de la falsa independencia de la que hablamos mientras estamos alerta por si aparece una adicción a la que podamos engancharnos, y si puede ser con nombre y apellidos, mejor que mejor.
Pobres infelices, que consiguen lo que quieren al precio de que en cualquier momento se lo puedan arrebatar.
Insane
Sabía que esperar no era sano, y que de las sorpresas del camino era mejor
desconfiar.
Me habían enseñado que eso de "no hay mal que por bien no venga" no siempre era cierto, porque a veces solo aguarda otro huracán.
Y cuando te esperaba era consciente.
Era como el que mira a otro lado para no ver un peligro inminente.
Pero luego mis ganas se volvieron contra mí y no tuve otra que mirarlas de frente. Tú no podías seguir siendo mi meta, yo no podía conformarme con ser a medias.
Y con resignación, abandoné sabiendo que nuestra oportunidad era solo esa.
Y después de ti me sigo lanzando a lo inesperado, pero con una diferencia: en esto de querer, no quiero ni oír hablar de paciencia.
Me habían enseñado que eso de "no hay mal que por bien no venga" no siempre era cierto, porque a veces solo aguarda otro huracán.
Y cuando te esperaba era consciente.
Era como el que mira a otro lado para no ver un peligro inminente.
Pero luego mis ganas se volvieron contra mí y no tuve otra que mirarlas de frente. Tú no podías seguir siendo mi meta, yo no podía conformarme con ser a medias.
Y con resignación, abandoné sabiendo que nuestra oportunidad era solo esa.
Y después de ti me sigo lanzando a lo inesperado, pero con una diferencia: en esto de querer, no quiero ni oír hablar de paciencia.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


