Gritabas diciendo algo de una oportunidad.
Hablabas del pasado y yo ni siquiera entendía el presente.
Pusiste el ejemplo de un tren descarrilado, de una cosa que se rompe (aunque no lo recuerdo bien).
Yo miraba el humo haciendo eses entre tus dedos y me parecía realmente divertido.
Te rodeé con el brazo y eso te enfadó mucho.
Tus ojos se llenaban de odio cada vez más, entonces yo te pedí una calada.
Luego sucedieron los golpes, los llantos, y yo, con el sabor del último cubata te abracé consolándote, aunque nunca entenderé el motivo de tanta desolación.
Empezaba a creer que habíamos encontrado la magia en nuestras violentas discusiones. Y allí, estaba, dispuesta a adaptarme a tu locura, cuando de repente tiraste la colilla. La pisaste y la enterraste, igual que a mí y a mis errores.
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