sábado, 15 de febrero de 2014

En medio de tantos cambios me dijo que ya no sentía lo mismo. Su punto de vista era simple: dos partes forman un todo, y si una de ellas no está, no hay todo.
De esta forma, en la cafetería de siempre conocí por primera y última vez el significado de la palabra "romper".
En sus ojos vi que ya se había ido sin remedio alguno. Después de todo, una reacción normal hubiera sido inundar de lágrimas el momento o tirar la mesa y destrozar aquel antro. Pero nada de eso hice.

Prometió recoger sus cosas pronto y desaparecer. Yo sabía que algo había dejado de funcionar en mí pero me callé.
Luego siguieron frases como: "no eres tú, soy yo", "siempre te recordaré de forma especial", etc
Pensé durante largo rato, y lo nuestro era lo más brillante que había construido en mi vida, y el hecho de que pudiera desmoronarse era para mí simplemente inconcebible.
Los días pasaron y, efectivamente, tardó poco en recoger lo suyo y en hacer de lo que iba a ser nuestro piso algo vacío y sin sentido.
Mientras hacía las maletas yo me tiré en el sofá contemplando aquella pesadilla.
Se fue en silencio, como todas las cosas buenas. Lo siguiente que recuerdo son esas pastillas blancas que estaban en el baño, pues una de las infinitas cosas que compartíamos era la dificultad para dormir.
Luego me miré al espejo y vi su media sonrisa en el reflejo. Y cómo no devolvérsela, si ella me tenía más calada que nadie.
Al final sólo hubo paz, pero el instante más feliz fue cuando, justo antes de cerrar los ojos para siempre, oí su voz en el contestador preguntando si se había dejado en casa la medicina para dormir.


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