domingo, 2 de febrero de 2014
Chess
Solía ser yo la que empezaba el duelo. Mi peón avanzaba dos casillas.
Después de un rato solías decirme que mis movimientos tenían poco sentido. Los tuyos, como siempre, arriesgados y desafiantes. A menudo yo cedía a tus ataques. Retrocedía, y tú te movías en diagonal hasta atraparme.
Entonces pensabas (y lo seguirás haciendo), que yo jugaba más bien al azar.
Pero yo tenía un plan definido, y es que nada me excitaba más que la idea de caer en tus trampas, de que no me dejases salir, de que me rodeases por todas partes.
Y nadie puede juzgar si tu táctica era mejor o peor que la mía. Tú creías que ganabas, pero yo creo que la victoria me pertenecía cuando te concentrabas en debilitar mi frente, en pillarme descuidada, mientras yo buscaba la forma de esquivarte, dejando siempre una posibilidad para que pudieras encontrarme.
Pero el mayor placer era ver cómo ponías fin a la batalla, cómo nuestra tensión explotaba, y yo con picardía me rendía.
Seguro que desde entonces, tú ya has encontrado a otro rival digno. Sin embargo, yo he dejado mi tablero de ajedrez lleno de polvo en el armario.
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