martes, 25 de febrero de 2014

Mis noches siguen siendo de poco dormir, o mis días de mucho esperar. Quizás cada día sea más impaciente, o que las calles de la capital me seducen poco a poco, hasta conquistarme en horas bajas.
Puede que ya no estés solo entre mis cuatro paredes, sino que a menudo el barrio entero y desierto me grita tu nombre, que retumba en mi cerebro y no cesa hasta que escucho. Como puedes ver, incluso la gran ciudad a veces me traiciona.
Pero en esto solo mata quien (además de querer) puede.
Y es que siendo honestos, sabemos que aquí lo único que nos mantiene vivos tiene el poder de matarnos. A estas alturas lo más sensato es admitir que lo único que quema es lo que conseguimos, pero no del todo. Como si en una pesadilla tú fueses el lugar al que no logré llegar tras haber corrido por todas las rutas posibles. 


sábado, 15 de febrero de 2014

En medio de tantos cambios me dijo que ya no sentía lo mismo. Su punto de vista era simple: dos partes forman un todo, y si una de ellas no está, no hay todo.
De esta forma, en la cafetería de siempre conocí por primera y última vez el significado de la palabra "romper".
En sus ojos vi que ya se había ido sin remedio alguno. Después de todo, una reacción normal hubiera sido inundar de lágrimas el momento o tirar la mesa y destrozar aquel antro. Pero nada de eso hice.

Prometió recoger sus cosas pronto y desaparecer. Yo sabía que algo había dejado de funcionar en mí pero me callé.
Luego siguieron frases como: "no eres tú, soy yo", "siempre te recordaré de forma especial", etc
Pensé durante largo rato, y lo nuestro era lo más brillante que había construido en mi vida, y el hecho de que pudiera desmoronarse era para mí simplemente inconcebible.
Los días pasaron y, efectivamente, tardó poco en recoger lo suyo y en hacer de lo que iba a ser nuestro piso algo vacío y sin sentido.
Mientras hacía las maletas yo me tiré en el sofá contemplando aquella pesadilla.
Se fue en silencio, como todas las cosas buenas. Lo siguiente que recuerdo son esas pastillas blancas que estaban en el baño, pues una de las infinitas cosas que compartíamos era la dificultad para dormir.
Luego me miré al espejo y vi su media sonrisa en el reflejo. Y cómo no devolvérsela, si ella me tenía más calada que nadie.
Al final sólo hubo paz, pero el instante más feliz fue cuando, justo antes de cerrar los ojos para siempre, oí su voz en el contestador preguntando si se había dejado en casa la medicina para dormir.


Gritabas diciendo algo de una oportunidad.
Hablabas del pasado y yo ni siquiera entendía el presente.
Pusiste el ejemplo de un tren descarrilado, de una cosa que se rompe (aunque no lo recuerdo bien).
Yo miraba el humo haciendo eses entre tus dedos y me parecía realmente divertido.
Te rodeé con el brazo y eso te enfadó mucho.
Tus ojos se llenaban de odio cada vez más, entonces yo te pedí una calada.
Luego sucedieron los golpes, los llantos, y yo, con el sabor del último cubata te abracé consolándote, aunque nunca entenderé el motivo de tanta desolación.
Empezaba a creer que habíamos encontrado la magia en nuestras violentas discusiones. Y allí, estaba, dispuesta a adaptarme a tu locura, cuando de repente tiraste la colilla. La pisaste y la enterraste, igual que a mí y a mis errores.

domingo, 2 de febrero de 2014

Chess


Solía ser yo la que empezaba el duelo. Mi peón avanzaba dos casillas.
Después de un rato solías decirme que mis movimientos tenían poco sentido. Los tuyos, como siempre, arriesgados y desafiantes. A menudo yo cedía a tus ataques. Retrocedía, y tú te movías en diagonal hasta atraparme.
Entonces pensabas (y lo seguirás haciendo), que yo jugaba más bien al azar.

Pero yo tenía un plan definido, y es que nada me excitaba más que la idea de caer en tus trampas, de que no me dejases salir, de que me rodeases por todas partes.
Y nadie puede juzgar si tu táctica era mejor o peor que la mía. Tú creías que ganabas, pero yo creo que la victoria me pertenecía cuando te concentrabas en debilitar mi frente, en pillarme descuidada, mientras yo buscaba la forma de esquivarte, dejando siempre una posibilidad para que pudieras encontrarme.
Pero el mayor placer era ver cómo ponías fin a la batalla, cómo nuestra tensión explotaba, y yo con picardía me rendía.

Seguro que desde entonces, tú ya has encontrado a otro rival digno. Sin embargo, yo he dejado mi tablero de ajedrez lleno de polvo en el armario.