Ha ocurrido varias veces.
Se trata de amaneceres rutinarios, de esos en los que cuesta creer en algo.
En el café disuelto el mal humor de la mañana, intento convertirme en persona
mientras entra el sol por la ventana.
Lista para el nuevo día pero todavía con la mente en blanco, y justo
entonces ocurre: nuestra canción en la radio.
Esa que aún siendo mi favorita me cuesta trabajo escuchar, la que en cada
letra tiene tu cara escrita.
Y ahí me veo inmóvil, dejo de pensar y vuelco.
Repaso nuestros pasos, como si fuera una coreografía, y pienso que no hay
mejor forma de empezar el día.
En esos tres minutos la línea temporal de mi vida cambia de sentido y corre
a buscarnos. Vuelvo a vivir el mejor beso, como si se hubiera hecho tangible
nuestro reencuentro.
Todo otra vez ante mí, yo repito mis pasos, te tengo un rato y te dejo ir.
Y así es como últimamente empiezo el día, después de
morir y revivir.
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