Las primaveras seguirán su curso, y todo plan de futuro seguirá un tanto borroso, pero lo importante lo seguirá siendo. De momento con eso vale.
Y dentro de medio siglo, nuestro camino se justificará observando lo que hemos acumulado. Y no me refiero al ideal común de tener un abundante testamento que escribir. Hablo de otro tipo de herencia, y es que ojalá fuese tan fácil materializar el cúmulo de sentimientos de toda una vida.
Dicen que los recuerdos son un espejo distorsionado de las sensaciones pasadas, y que no conoces nada que no hayas vivido en tu piel.
Yo no sé si al final habremos logrado conocer algo de verdad, pero sí tengo una versión que dar. Y cómo explicar la sensación de los reencuentros, de tantas despedidas, de aquel beso de película tan lejano como único, cómo explicar la inquietud de decidir a lo largo del camino, esos abrazos que reconfortan, la mano que te levantó de infinitos tropiezos.
Para eso toda palabra se queda corta, y difícilmente alguien ajeno a nosotros mismos lo entenderá. Así que, triste pero cierto, eso se irá con nosotros.
Y al final abrazaremos los recuerdos como de bebés a nuestras madres, pero con la exclusiva compañía de nuestra sonrisa y algún posible llanto.
Y recuerda que si intentas explicárselo a los que vengan será en vano porque sólo comprendemos cuando somos agitados por la vida, y cuanto más agitados hayamos sido, mayores riquezas habremos acumulado.
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